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Maricón de mierda le dijeron.
Fue la primera vez, de muchas.
Tenía 11 años. Hoy se ríe, pero aquella vez lloró.
Apenas hacía unas semanas que se había descubierto embelesado mirando a un chico de su clase. El casi no se había dado cuenta y el mundo ya lo sabía.
No lloró por el insulto. Ni por la vergüenza. Ni siquiera por la humillación de el jaleo en el autobús de vuelta a casa.
Lloró cuando en la cocina con su bocadillo de chorizo de la merienda su madre, al contárselo le contestó:- No les hagas caso, tu y yo sabemos que es mentira. Lo dicen para molestarte.
No volvió a hablar jamás con ella del tema. Ni siquiera cuando 20 años después se atrevió a ir a casa y presentar a su novio. Sabe que ella jamás lo asumió, que aún sueña con que conozca a una chica que le vuelva normal…

Tenía 13 años cuando le rompieron la nariz, en un “Accidente” jugando al futbol, maricón de mierda! No vuelvas a mirarme la polla en el vestuario, le escupió en la cara bajito, tras darle un codazo en la cara.
Recuerda la sangre y el dolor tirado en la hierba, y un entrenador diciendo que estos accidentes pasan.
Y dos horas después, la charla en el coche mientras le llevaba a casa: -Lo de hoy se repetirá más veces, ya saben que eres, sería mejor que no volvieras…
Y no volvió. Aunque se preguntó muchas veces qué era lo que sabían? Que era? Cómo le veían? Y se sintió sucio y enfermo, porque no era capaz de contestarse a si mismo esas preguntas.

El instituto no fue mejor. 4 años de soledad, de miedo, de mirar a hurtadillas a otros chicos.
De disimular.
De mentir a su padre:
– Ya tienes novia?
-Bueno, alguna hay…
-Así me gusta, golfo! Una en cada puerto.

De huir de preguntas incomodas:
-No te vas con tus amigos? Prefiero estudiar…
Demasiado duro reconocer que no había amigos, que nadie estaba interesado en dar una vuelta por la plaza a su lado, de compartir unas pipas en el parque, de pasarse un cigarro a escondidas…
A fuerza de no tener vida social se convirtió en un estudiante sobresaliente, y se marchó a la universidad.
No eligió una carrera vocacional, no tenía, eligió una carrera lo más lejos posible de su entorno, de su casa.
Se acuerda con una sonrisa de las primeras semanas, de su invisibilidad, de las primeras sonrisas en el campus, de una mirada profunda en la cafetería…
Antes de navidad ya tenía un pequeño círculo de conocidos, donde nunca nadie osó llamarle maricón.
Donde a nadie le importaba su sexualidad.

Se descubrió con un compañero visitando bares gays, disfrutando de la libertad de ser desconocido. Por fin pudiendo ser libre. Descubriéndose.
Volver a su casa en vacaciones fue encerrarse en una cárcel, en una oscura, donde la luz no le alcanzaba, donde andaba a tientas, contando los días para acabar su condena.
Donde cada segundo le alejaba un metro de los suyos.
Donde aprender a representar su mejor obra, la de ser otro, convertirse en otro, a sabiendas que su verdadero yo, el maricón que habitaba dentro de si mismo nunca sería aceptado.

Han pasado 30 años desde aquel primer insulto. Ya no lo siente así, y a veces en broma para provocar a sus amigos lo dice, soy maricón, tal cual, como se lo preguntó su padre la primera vez que le vió con un hombre de la mano, entonces eres maricón hijo?

Ya no se estila, ahora es todo políticamente correcto, se llenan de banderas multicolores las calles, es muy cool tener un amigo gay en el grupo.
En su escalera están bien vistos, los chicos esos tan majos del cuarto, son gays, pero muy educados… Aunque piensan que cambiaran las miradas cuando les vean con su hijo.
Saben que todos pensarán mal.

Hasta su madre lo dice abiertamente, mi hijo es gay, y fue con orgullo a su boda, como madrina y vestida con peineta, aunque el sabe que aunque sus fotos decoran la entrada no es más que porque disfruta ante las amigas de ser diferente, de que las modernidades hayan entrado en su casa y en su familia, pero no le perdona que no se casara con una buena chica del barrio, que no vaya a perpetuar su linaje.
Aunque ya se lo han explicado, que están intentando adoptar, que en unos meses tendrán un niño en casa, tras años de espera.
Pero sus hijos no serán sus nietos, la maldición del maricón, lo sabe. Están preparados para ello.

Hoy le da igual. A sus 40 años, le da igual lo que piense el resto del mundo, le hace gracia que saber con quién folla suponga tanto problema.
Y aunque se alegra de los avances desde que tenía once años, ahora teme, no por él.
Teme que su hijo crezca con el menosprecio por ser su hijo.
Teme que el día de mañana decida vivir en libertad su sexualidad, porque no se engaña, lo sabe.
Sería mucho más feliz si su hijo fuese hetero. Más fácil para todos.
Y su marido se ríe cuando de madrugada le cuenta a oscuras sus miedos, tal y como está el mundo qué le espera al hijo de ambos?
Acoso, por ser hijo de gays? Le insultarán, tendrá que crecer como lo han hecho ellos?
Le duele. Sólo pensarlo le duele.

Tranquilo! Se ríe. Qué probabilidades hay de que haya un maricón más en la familia?
Y tras las carcajadas se duermen abrazados, sabiendo que mañana volverán a mirarles en el trabajo, que serán juzgados por cualquier gesto, por una mirada, que seguirán siendo vistos por muchos como depredadores, que aún queda mucho por hacer.
Que aunque sobre el mundo en sus abrazos, duele saberse distintos, saberse solos.

Tal vez el día en el que cuando les presenten o hablen de ellos, nadie necesite añadir, es gay. Porque a nadie le importe su sexualidad.
Un mundo en el que la palabra maricón, no tenga ningún significado.
Y hoy más que nunca necesita luchar por cambiarlo, no por el, por los que vienen detrás…