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Abro los ojos y un día más tengo los pies fríos, no me queda sábana sobre la que taparme ni almohada sobre la que apoyarme. Me asomo a la ventana y la calle está acordonada, llena de policía y la gente en la calle soportando la lluvia y dejándose la garganta como cada día. “Sé color” repiten sin descanso. Y aquí sigo yo, mirando a la pared blanca, vacía, con el “horror vacui” de aquel que se quedó sin vida por culpa de la injusticia. “Sé color” me repito en mi cabeza. Escucho la radio de fondo anunciando otro deshaucio, el principio de otro fin. La sensación de que aquellos a los que no debías nada han acabado con todo lo que tenías, con los corazones que latían. El ruido del reloj me hipnotiza. Es la hora. Salto. Caigo. Pero soy color.