image_pdfimage_print

No sé si el concepto de “pluralismo en circuito cerrado” disfruta de algún crédito académico. En el empleo que yo le doy remite a un sinfín de fórmulas en virtud de las cuales se genera una apariencia de pluralismo que esconde, premeditadamente, una realidad bien distinta: la del acallamiento manifiesto de aquellas opiniones que, por las razones que fueren, no interesan. Permítaseme que proponga tres ejemplos de lo que entiendo que es el pluralismo en circuito cerrado.

El primero remite a algo que ocurrió hace unos años. Recuerdo que en 2003, al calor de la agresión militar de Estados Unidos en Iraq, adquirió innegable fama el entonces secretario de Estado norteamericano, Colin Powell. Los medios de incomunicación estadounidenses –y, por extensión, claro, los nuestros- retrataron en Powell, un hombre de color hecho a sí mismo, a una figura moderada y reflexiva que contrastaba con la agresividad, las ínfulas militaristas y la irracionalidad que acompañaban a Bush hijo, a Cheney o a Rumsfeld. Olvidaban subrayar, eso sí, que Powell, el policía bueno, era responsable principal de la intervención militar en Iraq. Así las cosas, parecía como si se nos obligase a elegir entre la codicia petrolera de Bush y la aséptica tranquilidad de su subordinado Powell, en franco olvido de que ambos, en sustancia, defendían lo mismo. En el planeta no había otras opciones.

El segundo ejemplo que quiero adelantar es el que ofrecen los integrantes de esa genuina plaga contemporánea que son los tertulianos de radios y televisiones. En una primera aproximación nadie se atreverá a afirmar que en las tertulias al uso no hay confrontación: a menudo lo único que parece haber es, antes bien, una colisión franca entre figuras descorteses y vociferantes. Salta a la vista, sin embargo, la trampa, de la mano de otro circuito cerrado que invita a concluir que el universo se cierra en torno a media docena de personas que responden siempre a dos posibles condiciones: la de los representantes de los partidos de turno y la de los periodistas, con frecuencia alineados con alguno de los partidos mencionados. Pareciera como si, de nuevo, no hubiese vida lejos de partidos y medios.

Voy a por el tercer, y último, ejemplo: el que ofrecen, en los momentos en que escribo estas líneas, las disputas relativas a lo que debe hacer Podemos en relación con la previsible investidura de Susana Díaz en Andalucía. Sobre el papel hay, una vez más, dos opiniones claramente enfrentadas. La primera entiende que el nuevo partido no debe imponer condición previa alguna para propiciar esa investidura. La segunda –la de los sectores aparentemente más aguerridos e izquierdistas de Podemos- considera que al respecto hay que plantear, en cambio, tres exigencias: la dimisión, o la destitución, de dos políticos bien conocidos, la negativa de la Junta a trabajar con bancos que practican desahucios y, en fin, el designio de reducir el número de altos cargos. Cuando, de nuevo, el mundo se nos presenta dividido en dos grandes posiciones, aparentemente irreconciliables, los aturdidos espectadores deben saber, claro, a quién tienen que apoyar -a los aguerridos e izquierdistas-, y ello por mucho que la propuesta de éstos poco o nada tenga –examínense sus términos- de radical y consecuente. Pareciera como si nuestra opción quedase colmada de la mano de lo que al cabo no sería, caso de prosperar, sino una victoria pírrica encaminada a demostrar que no nos vendemos fácilmente, esto es, que planteamos algún obstáculo en la operación de compraventa.

De los tres ejemplos mencionados creo que se deriva una conclusión: nos hallamos ante un mecanismo central en las estrategias de incomunicación del sistema, encaminado a generar una apariencia de debate franco allí donde, en los hechos, no hay –como ya he sugerido- sino una voluntad expresa de acallar, con razonable eficacia, las voces que no interesan. Es muy evidente, en particular, que a los ojos de los medios del sistema el mundo libertario –otorgo a este adjetivo un sentido muy amplio- no existe. ¿Imagina alguien un debate en Tele-5 con presencia de un miembro de un grupo de afinidad, de un sindicalista libertario, de un integrante de una cooperativa integral, de un okupa o de un activista de lo que queda del 15-M? ¿Imagina alguien, no ya la presencia simultánea de todas esas personas, sino, al menos, la de alguna de ellas en ‘Al rojo vivo’? La marginación consiguiente –que no sólo afecta, bien es cierto, a los libertarios- obedece a una lógica inapelable por eficaz: la que obliga a ceñir todas las discusiones a lo que ocurre con el régimen –el bipartidismo, las elecciones, la corrupción, en su caso y, de vez en cuando, la monarquía- en abierta desatención con lo que sucede con el sistema –la explotación y la alienación, el capitalismo y su corrosión terminal, el colapso que se avecina-. Sabido es que, si en algún momento los libertarios se asoman a estas disputas es en su condición de presuntos responsables de una violencia irracional e irresponsable de la que dan cuenta de manera más que suficiente –para qué discutirlos- los comunicados policiales y las sentencias judiciales.

Durante bastantes años me ha parecido llamativo que Izquierda Unida se quejase del maltrato que recibía de los medios de incomunicación del sistema. Aclararé que no discuto en modo alguno que ese maltrato existiese. Lo que me resultaba significativo era lo que, al cabo, las quejas de Izquierda Unida retrataban: una dramática incapacidad en lo que se refiere a las habilidades de la coalición para presentarse a sí misma, sin intermediarios, en ciudades y pueblos. Mala cosa cuando uno depende en demasía del enemigo a efectos de hacer valer lo que es.

Ojo que el mundo libertario no está libre del riesgo que acabo de vincular con Izquierda Unida y sus carencias. Lo peor que podríamos hacer sería, sin embargo, lamentar la marginación con que, en el mejor de los casos, nos obsequian los corifeos mediáticos del sistema. Tiene, muy al contrario, la ventaja de obligarnos a trabajar en donde siempre debemos estar: en la base de nuestras sociedades. Nuestros abuelos y bisabuelos anarquistas y anarcosindicalistas emplearon con profusión un concepto, el de propaganda por el hecho, que, acaso porque alguno de sus significados era un tanto abstruso, fue cayendo, infelizmente, en desuso. ¿Qué es lo que -entiendo yo- querían decirnos? Nos estaban recordando que bien está organizar actos, publicar revistas, editar libros y convocar manifestaciones y concentraciones, pero mucho más razonable y remunerador es, al tiempo, llevar a la práctica nuestras ideas, de la mano de la acción y de la democracia directas, en la realidad económica y social. O, lo que es lo mismo, demostrar fehacientemente que es cierto que llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones y que estamos dispuestos a sacarlo adelante en la vida común. No conozco mejor procedimiento para romper el pluralismo en circuito cerrado que nos acosa por todas partes.