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Vive el océano con la culpa de la erosión y el desgaste que ejerce, se deja llevar por la luna y sin quererlo arropa rocas como bruto diamante.

Reza un par de mantras y tranquiliza parte de su ego.

Sostiene sobre las olas a un pequeño bote que flota, a la deriva; desde siempre, desde antes del agua. Ese barco habla y ancla vestigios de la furia del mar. Y ya ni el océano recuerda qué es lo que hunde con la calma.

Arriba: cielo, luz y fuerzas infinitamente atrayentes; a ras de horizonte, la superficie oscura que opaca, oculta el reflejo del Sol, y es la profundidad, la belleza, lo que solo con branquias y valentía se puede ver.

¡Allí! Corales, escamas brillantes, estirpes infinitas y sirenas (o no).

Es algo que solo la inmersión permite. Respira, siente y cierra los ojos, a compás de las corrientes, fluye y descubre. Deja que su fuerza con sal te lleve al interior de tu propio Atlantis.