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En los últimos años proliferan en el estado español dos subculturas gays que expresan el deseo por los hombres “viriles”: los osos y los leather (cuero). Como aficionado a ambas culturas, en mis paseos virtuales (por los chats) y reales por los lugares de encuentro osunos y letherones he encontrado cierto tufillo plumófobo que me da que pensar (no hablar en femenino, no soltar pluma, etc). Podemos entender estas posiciones sobre la masculinidad de dos formas: asumiendo que existen “hombres de verdad” (como la canción de Alaska o el anuncio de Soberano), o bien mostrando que la masculinidad no deja de ser un recurso tan artificial como la pluma.

En la portada de revista Bear magazine, fundadora del movimiento bear, encontramos la siguiente frase: “Masculinity without the trappings” (masculinidad sin adornos). Esta frase nos remite a ese ideal del hombre “natural”, masculino, recién salido del bosque con su hacha al hombro y su aroma sudoroso de macho montañés. Pero cuando nos adentramos en las páginas de la revista encontramos otra cosa bien distinta: más de la mitad del ejemplar son anuncios de objetos, ropa y complementos ideales para la fabricación del oso perfecto: vaqueros, camisas de cuadros tipo leñador, tirantes, gorras, botas de montaña, cinturones, llaveros, muñequeras… O sea, un montón de “trappings” que, colocados en un cuerpo más o menos gordo con una perilla perfectamente recortada, constituyen ese hombre ‘natural’ tan ansiado.

Aunque nadie cuestiona el atractivo de esa imagen para muchos de nosotros, es importante señalar que la masculinidad no deja de ser una representación, lo que Butler llama “una performance de género”.. El nombre de uno de los bares más famosos para osos da cuenta, quizá a pesar suyo, de lo artificial de la masculinidad osuna: “Bear factory”. En efecto, se trata de un proceso de ‘fabricación’ de osos, donde uno asume esos requisitos estéticos y se construye como oso. Los bares para osos de Sevilla siguen con la misma copla: “El hombre y el oso” y “Man to man”, título que nos recuerda una de las peores frases de la tradición heterosexista, cuando el padre se acercaba al hijo y le espetaba con eso de “vamos a hablar de hombre a hombre”, frase que producía un pánico inmediato en el hijo en el caso de que fuera marica.

En el mundo leather la cosa no es menos teatral. La cultura del cuero valora también los cuerpos masculinos y viriles, hasta el punto de no dejar entrar en sus bares a las mujeres (como si la masculinidad fuera una cosa de hombres, cosa que mujeres como Judith Halberstam –Female masculinity- o Del Lagrace Volcano –Sublime Mutations- han cuestionado radicalmente con sus prácticas y sus libros). Sin embargo, en la puerta del bar Eagle de Madrid encontramos toda una lista de requisitos de entrada que nos dicen cómo alcanzar la masculinidad: ropa de cuero, botas, zapatillas deportivas (no dice de qué marcas), uniformes (suponemos que no vale el de las Concepcionistas, como ya señalaron en una ocasión Paco Vidarte y Ricardo Llamas), trajes de bombero o de obrero de la construcción, prohibido llevar colonia… Vista la lista de trajes, es fácil comprender que la cultura leather se basa en el travestismo, por mucha rabia que les dé esa palabra a los militantes leather más integristas (que no son todos).

Los movimientos bear y leather podrían ser un buen ejercicio de desvelamiento de la fragilidad y provisionalidad de la masculinidad, en vez de convertirse en un nuevo alegato de identidades esenciales y naturalizadas sobre lo masculino. De hecho, el panorama no es tan triste como lo he pintado hasta ahora. Una de las situaciones más divertidas y subversivas que podemos ver en este mundo es cuando dos o más osos comienzan a soltar pluma como descosidos, o cuando a un grupo de moteros leather chillan desesperados porque se les ha roto la cremallera de la chupa de cuero (doy fe de que se trata de casos verídicos). Estas situaciones rompen con el código de la masculinidad, y disuelven la posibilidad de reforzar esa imagen del hombre cerrada y tradicional que tanto contenta al dispositivo heterocentrado (¡que majos: son maricas pero no lo parecen!). Lo subversivo de nuestras identidades es mostrar su fragilidad, como un espejo que devuelve al sistema homófobo que nadie está a salvo, que no hay un lugar seguro donde reposar la cabeza… o el culo.