Nuestro protagonista entiende la relación política entre la liberación por los afectos y su propio sacrificio. El amor del soldado que marcha hacia la muerte contra el Polisario y traiciona al Gran Padre, así como la tortura a que se ve sometida su propia madre, se relacionan con modelos cinematográficos, que potencian la carga surrealista a la vez que emotiva de una realidad salvaje, que al final desemboca en un mágico encuentro con la imagen icónica que el niño siempre asoció con su madre: una Marilyn Monroe, que en Río sin Retorno, era una heroína ante toda adversidad, ahora en un increíble monólogo, narra la realidad de una vida marcada por la pérdida de su condición humana. Convertidos en fantasmas, los protagonistas entran en su verdadero ser, en una dimensión donde no existe la vergüenza y en la que el corazón se libera. En el reflejo de esa liberación las palabras de Marilyn, o de Norma Jean Baker, son inductoras de un mensaje políticamente perturbador, en lo que al origen de todo conflicto se refiere: «Soy humana. Extraterrestre. Estoy en todas partes y en ninguna. Soy hombre. Mujer. Ni lo uno ni lo otro. Más allá de todas las fronteras. De todas las lenguas. ¿Veis? Soy como vosotros. En la desdicha y en el poder. Divina y huérfana. Estoy hecha de la misma pasta que vosotros. Estoy en vosotros. En cada cuerpo. Cada noche. En cada sueño».

El texto de Abdelá Taia refleja amargura y una profunda reflexión sobre la condición humana, más allá de su religión y su identidad. La fuerza para resistir la negación de nuestras raíces, que son ante todo afectivas y comprensivas hacia el desarrollo de nuestro cuerpo y la forma de entender las relaciones humanas, marca el sentido de una historia que va más allá del Islam o de la situación del Marruecos actual. Es, sobre todo, una reivindicación de lo humano en toda su diversidad, incluso más allá de la homosexualidad de su autor, que se encargó de expresar en múltiples ocasiones durante la conferencia. Sin duda, Marruecos necesita esta valiente posición, en unas circunstancias difíciles por culpa de la represión oficial.

El mismo Taia se encargó de confirmarlo: «Soy un escritor tolerado por ser un autor publicado y vivir en Francia. El francés me protege. He dado conferencias en diversos lugares de Marruecos, y aún me siento cohibido. En una ocasión, una psiquiatra me interrumpió, y me preguntó: «¿Por qué no deja ya de hablar de homosexualidad? ¿No cree que ya es suficiente? Hable de otros temas«. Ante lo cual me quedé sin palabras. Regresaron a mi mente todos los insultos, vejaciones, humillaciones y malos tratos recibidos por mi condición homosexual, y me quedé en blanco. No pude responder».

Es como si enfrentásemos a la víctima con su torturador, y, acto seguido, esperásemos que nada de aquello hubiera tenido importancia, ya que no entraba dentro de lo raro o extraño. La sociedad ha normalizado histórica y culturalmente la represión sexual con tal fuerza que hemos internalizado la sumisión y el miedo, y de pronto se exige a las víctimas que se integren sin conflicto en el engranaje cotidiano, olvidando el pasado. Pero, por desgracia, esto no es posible. El artículo 489 del Código Penal marroquí prevé penas de seis meses a tres años de cárcel y multas de 11 a 110 euros para los homosexuales. La policía efectúa redadas: una de las más sonadas ocurrió en junio de 2004, en Tetuán, donde fueron detenidas 43 personas que celebraban un cumpleaños. Y en 2006, unos 400 islamistas irrumpieron en la Universidad de Fez, donde secuestraron a un estudiante que se declaraba abiertamente homosexual, y le sometieron a un juicio vejatorio, condenándole a abandonar la residencia universitaria en la que se alojaba y entrar a la Universidad únicamente por una puerta trasera y permanecer escoltado en su interior.

Taia fue el primer escritor marroquí en reconocerse abiertamente gay.  La prensa francófona, independiente u oficialista, menciona su orientación sexual de forma aséptica, y los órganos islamistas la ignoran. «Incluso he sido invitado a la televisión, aunque no me han preguntado por el tema. En Europa es más fácil. En Marruecos se nos inculca el temor a ser mal visto, a tener vergüenza. Todo se hace a escondidas. Estamos cansados de disimular».

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