Enmudecida cicatriz,
y al tiempo profunda.
¿Qué pensarán tus pasos
sobre el alquitrán?
Tú, desafiante.
Tú, llaga que pugna.
Me crucé contigo,
hombre de silencio, niño de muerte.
Cabizbajo, con botines insultados
por los ácidos del mercado.
Engañado por sus aristas.
Engañado por tus madres negras,
de voces y pesares discretos.
Tu sombra agotada me cae,
por un instante,
como si fuera un estandarte.
Inscrita queda,
y oscurece al pasar
desiertos de pétreos silencios.
Qué importa si con ella quisiste
recordar la dignidad de las ideas,
o quizás dibujarme a mí, a tu deseo,
sobre una sábana de tiempo.
Quién fuera entonces, maestro
en la suerte de dominar
la curvatura de tus estropicios.
Quién de pintarnos con tu sombra,
cuando regresas con pensamientos
de reo entre zarzas.
Como veletas,
oxidados bajo el invierno,
persigamos todos los confines.
Sin importarnos las burlas del viento,
mientras nos empuja
y juega a confundirnos.
Algún día seré como tú,
valiente y solitario en el horizonte,
y haré guardia de amaneceres
junto a ti, en nuestro tejado.

