Recuerdo despertar con los golpes de los limpiabotas en las calles de Kumasi. El hotel parecía un fuerte sitiado. Veía a la gente desde la ventana y resultaban inquietantes. Imaginaciones mías. Los niños se ganan la vida como pueden. Les hace ilusión cualquier cosa, cualquier esperanza, como a todo el mundo. Es cuestión de supervivencia en este caso. La mayor parte del tiempo me preguntaba qué hacía allí. La constante alerta se fundía con la lamentación de la gente sin esperanza, la sorpresa constante y la fuerte alegría de los encuentros inesperados. Entré en un laberinto de sorpresas e incertidumbres; y percibí que mi salida de África no sería sino el principio de una nueva etapa de descubrimientos: el corazón de las tinieblas, el cuarto oscuro, o la caja negra de nuestro inconsciente. Era imposible no sentir que el tiempo se esfumaba.

Cuanto más quieres que las cosas perduren antes desaparecen. Como en Solaris, todos buscamos una isla en la que descansen nuestros deseos. Cuando llegas a una de ellas, la ilusión de la felicidad te contagia y te paraliza. Después, las despedidas, siempre amargas, te devuelven la melancolía y la terrible sensación de que has vivido un tiempo ajeno, sin continuidad ni retorno. Lo difícil es integrar la fantasía y la realidad, lo imaginado con lo encontrado, nunca se remueven tanto las entrañas como en África. ¿Cómo reaccionar?. Es como si todo lo hiciera por última vez, como si ya todo estuviese visto, como si el tiempo ya no contase para nada, mientras el paisaje seguirá dibujado por la ajetreada vida de la gente.

“África ha tentado tanto como infundido miedo. Por un lado, entre los extranjeros despertaba temor porque existía inexplorada y sin conquistar. Durante siglos, eficazmente defendieron su interior el difícil clima tropical, las enfermedades mortales, antes incurables (malaria, viruela, enfermedad del sueño, lepra, etc.), la falta de caminos y de medios de transporte, y también la feroz resistencia de sus habitantes. Esta inaccesibilidad de África hizo nacer el mito de su misterio: el conradiano corazón de las tinieblas empezaba en la misma costa soleada, nada más bajar del barco y pisar tierra firme. Pero al mismo tiempo tentadora, África atraía con el espejismo de grandes conquistas y suculentos botines”. Estas palabras escritas por Kapuscinski en su magnífico “Ébano” contienen la gran verdad del sueño del continente, convertido en pesadilla hoy día. Anduve por el Camino de los esclavos desde Ouidah hasta la costa. Una costa plagada de castillos europeos desde donde millones de desgraciados sufrieron la pérdida de su condición humana. La misma condición que defendieron los derechos pregonados en nuestras revoluciones.

El camino acababa en una playa desierta, donde las olas rugían con fuerza. La soledad del horizonte marino me permitió imaginar los barcos negreros esperando su carga. Pero si la carne humana ya no se ve torturada por el fuego de los mercaderes coloniales, ahora es presa de sus guerras y experimentos mortales. Ya no podré navegar por el Níger hasta Tombuctú. Desde Libia llegaron las hordas de los bárbaros que, armados y azuzados por Occidente, enterraron la vida en un negro velo de dolor, como si una apocalíptica tormenta de arena se lo hubiese tragado todo. El ébola sustituyó a la guerra en la maltratada Liberia, para terminar de marcar de nuevo el signo de la infamia en la piel de África entera. Nadie quiere ni oír hablar de África. Es un estigma, una herida abierta, mientras se explotan sus diamantes, su cacao, su petróleo, su madera. ¿A quién le importa? Pero, como dije, el paisaje seguirá dibujado por la ajetreada vida de la gente, que camina por las vías construidas por sus pasos sin tiempo. Regalé a un amigo africano, entusiasmado por saber de Europa, una Ilíada de Homero. Le dije que todo se inició allí, en ese libro, en esa guerra en la que la conquista y el castigo moldearon el carácter de Occidente. Tiempo después regresé a su casa y le pregunté qué le había parecido. No comprendió que aquello pudiera haber sucedido hace más de tres mil años. “Hoy los griegos no son así”, me dijo. En su mente sin tiempo, no podía concebir nuestro ayer. Para él todo es ahora, pero, como le respondí, da igual que cambies las lanzas por morteros, las corazas por chalecos antibalas, las murallas por alambradas, las túnicas por modernos trajes. La mente es la misma. Lo que nosotros seguimos sin entender es que los esclavos de ayer siguen caminando bajo otras apariencias, y ya no solo en África. En la Grecia que vio nacer la democracia, ya se están dando cuenta.

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