En el siglo XX los mapas estadísticos se consolidaron como una poderosa herramienta de gobierno. Ya en 1940 los ciudadanos norteamericanos no tenían ni idea de que les estaban observando. A unos 6000 km. de distancia, alguien los contaba y los incluía en un mapa estadístico. Se estaba confeccionando un mapa con los porcentajes de población de origen europeo en todo el país, Estado por Estado, determinado su país de procedencia. Pero era un mapa confidencial. Era un mapa hecho por los nazis. Era parte de una misión secreta para inundar Estados Unidos con propaganda nazi. En 1940 Hitler ya había invadido gran parte de Europa y Gran Bretaña era el siguiente objetivo. Los ingleses intentaban persuadir a los norteamericanos para que se unieran a la guerra contra la Alemania nazi, pero el presidente Roosevelt no se decidía a actuar. Los nazis estaban decididos a aprovecharse de su decisión de mantenerse neutral, y no iban a dejar nada al azar. Usando estadísticas del último censo del país, dibujaron un mapa que señalaba las mayores comunidades de emigrantes alemanes que vivían en los Estados Unidos. Los gráficos indicaban los mejores objetivos para la propaganda, mostrando que tenían que centrar sus esfuerzos sobre las comunidades rurales de Missouri, Wisconsin, Nebraska y Texas. Allí sería donde la opinión pública sería más difícil de manipular para oponerse a la intervención estadounidense en Europa. En 1940 este mapa estadístico se convirtió en un arma de guerra. Los mapas son instrumentos increíblemente valiosos para convencer fácilmente sobre la veracidad de sus informaciones: nos hacen ver cosas que sólo habíamos imaginado. Los nazis fueron maestros de la manipulación y de la propaganda. Sus mapas no sólo tenían un valor estadístico. En la Europa ocupada se usaron como herramientas para infundir terror: se pueden ver los que realizaron sobre territorios como Eslovaquia, por ejemplo, con su población en pueblos y aldeas. Es siniestro ver cómo están marcadas con una Z las comunidades rumanas gitanas, y las judías están señaladas con pequeños puntos negros. Estos mapas fueron diseñados en 1941 por cartógrafos expertos en etnografía. Los nazis se lo hicieron llegar al jefe del gobierno eslovaco Josef Tiso, quien, siendo una marioneta de los nazis, introdujo una legislación antisemita para impedir que los judíos accedieran a cualquier puesto de trabajo, que se escolarizaran o que tuvieran propiedades. Al entregarle los mapas, le obligaban a que fuera más lejos. Para los nazis, estos mapas representaban el siguiente paso de su política de exterminio, al localizar cada comunidad judía de la zona e iniciar su expulsión en marzo de 1942. En seis meses apresaron a 58.000 judíos eslovacos. Fue una de las muchas áreas cartografiadas ex profeso para completar la llamada «solución final». Así pues, los mapas se habían convertido en armas para el genocidio.
Después de la Segunda Guerra Mundial las revelaciones sobre las atrocidades nazis y las tensiones ideológicas de la Guerra Fría crearon una generación que sospechaba del gobierno. La autoridad de los mapas también fue objeto de escrutinio. En mayo de 1973 Arno Peters se enfrentó a la comunidad de cartógrafos y denunció que el mapa más famoso del mundo había sido deformado por prejuicios políticos y culturales. Durante generaciones, todos habían estudiado los mapas según la proyección de Mercator. Pero Peters sorprendió al mundo cuando anunció que el mapa estaba mal. Señaló que Mercator había distorsionado el tamaño de los países en un intento de mantener su forma. Como resultado, Europa parece mucho más grande, mientras que los países en desarrollo eran más pequeños. Si comparamos África y Groenlandia, son casi del mismo tamaño, pero África es en realidad catorce veces más grande. Peters condenó este mapa como una obra imperialista y racista. Él no era cartógrafo, pero creyó tener la solución: tomando en cuenta el tamaño relativo de cada país, encontró una nueva fórmula para representar el globo en un mapa al que se llamó «proyección de Peters«. Aseguraba que por primera vez se representaba el tamaño real de los países, reduciendo drásticamente el tamaño de Europa, expandiendo el de África, y alargando América del Sur. Aún impacta mirar este mapa y ver lo grandes que parecen los continentes en su proyección. Peters vio su mapa como un proyecto más grande que enmendaría los errores perpetrados contra aquellos que vivían en el mundo en desarrollo. Casi todos los cartógrafos se le opusieron, y le acusaron de llenar el mapa de errores. El gremio de la cartografía lo consideró una intrusión en su medio y reaccionaron de forma furibunda. No obstante, la proyección de Peters se convirtió en un fenómeno cartográfico internacional, siendo premiado por las Naciones Unidas, y considerado como una alternativa al conservadurismo de la geografía tradicional. Aún así no podemos dejar de observar errores llamativos en sus cálculos, que hacen que determinadas áreas del mapa sean mucho más grandes que su tamaño real. De todos modos, dejó en evidencia igualmente los errores del resto de proyecciones, señalando que si se prefería una u otra, la razón no sería otra que las ideas políticas de cada cual. Dejó claro que ninguna proyección del mundo en un mapa es una representación totalmente precisa, científica y objetiva. Nos enseñó que los mapas siempre tienen inclinaciones sociales y políticas.

¿Que nos ofrecen entonces los mapas? Acceden a toda una parte de nuestro cerebro y de nuestra imaginación. Algo que no pueden hacer los textos. Es como mirar una cara, como observar una foto. Primero vemos la forma del mapa y nos inunda una serie de emociones. No podemos coger una serie de números y preocuparnos por ellos sin más. Pero al ver una imagen, ser vuelven reales. Es muy diferente. Estos mapas con el tamaño de los países fuertemente aumentados o reducidos son un toque de atención. Toman estadísticas que normalmente se suelen ignorar y proporcionan una claridad impactante, un entendimiento profundo de los problemas más duros a los que se enfrenta nuestro mundo actual.
El proyecto Worldmapper captura el proyecto de una era digital, atento a lo que pasa en el mundo, visualmente sofisticado e innovador a nivel tecnológico, pero cuando se trata de navegar alrededor del planeta, los mapas más microrealistas en red, como los de Microsoft y Google, pueden llevarnos a cualquier lugar del mundo con un simple click del ratón. Google Earth envía coches con cámaras para fotografiar nuestras calles de forma rutinaria. Tienen cámaras en triciclos para entrar en los lugares importantes y equipos aéreos para capturar una gran imagen. Esas fotos se combinan con fotos por satélite y envuelven un modelado en tres dimensiones de la Tierra para crear un mundo virtual accesible al instante. Ahora tenemos acceso a información que en el pasado sólo estaría disponible para los departamentos de Defensa o la CIA., y podemos volar por todo el mundo con actualizaciones de alta velocidad, con una increíble tecnología detrás de todo el proceso. Podemos sobrevolar los Alpes como si fuéramos en un avión. Quinientos millones de personas han descargado ya Google Earth en todo el mundo, y no es ninguna sorpresa porque hay algo verdaderamente estimulante en ver nuestro planeta flotando en el espacio y aproximarse capa tras capa hasta nuestra propia casa, que es lo que hace mucha gente al entrar en la aplicación. Se trata de una versión en miniatura de la Tierra a nuestro alcance. El mundo parece ahora un lugar abierto y accesible para todos. Los mapas digitales producidos por compañías on line de todo el mundo están ayudando a redefinir las relaciones entre las corporaciones globales, los gobiernos nacionales y los ciudadanos de a pie. En estos momentos, hasta las tribus más perdidas del Amazonas pueden definir el área de su vida y usar esa información para protegerse de las compañías madereras por ejemplo, movilizando a la opinión pública internacional, y en sitios como Darfur la cartografía digital tuvo una inmensa importancia, permitiendo la localización de las aldeas destruidas durante el conflicto, y pudiéndose apreciar claramente las zonas devastadas.


