
Permaneció unos instantes amodorrado, resistiéndose a poner los pies sobre el suelo enmoquetado. Se levantó y acudió al lavabo y, después de palparse la barba, decidió dejar que siguiera creciendo. Era un tipo de estatura mediana, de cuerpo flaco y débiles músculos, de ojos oscuros al igual que su pelo. Tenía entradas y canas y no se cuidaba dado que nadie se fijaba en él de manera especial.
Luego preparó cereales con chocolate. Calentó leche y la añadió al plato. La cocina presentaba los deshechos de las comidas anteriores. Arroz chino y pizza rancia descansaban en la encimera. Adecentaba las viviendas de los demás si lo necesitaban. Pero la suya permanecía así porque no tenía tiempo.
Sonó el teléfono y aguardó dos timbrazos antes de descolgarlo.
— Conserjería de Blue Place – dijo.
— Lance… – contestó la voz.
— ¿Si?
— Soy Colby.
— ¿Qué quieres?
— El agua ha dejado de correr. ¿La has cortado? ¿Existe alguna avería general?
— ¿Ha dejado de correr?
— Sí.
— Qué extraño. Aquí funciona – y Lance puso en marcha el fregadero.
— Lo sé. Por eso te llamo. Siento que sea tan pronto – dijo Colby.
— Ahora voy para allá.
— De acuerdo
— Pero no toques nada. Desiste de intentar arreglarlo.
— Te espero.
Buscó las prendas arrugadas de su armario, se vistió, y salió al exterior. Vivía en un edificio adyacente a la piscina. El complejo tenía forma de cuadrado, aunque uno de los lados estaba sin construir. Así los inquilinos podían observar la carretera y los coches que transitaban por ella; fisgonear quién venía a altas horas de la madrugada o con qué compañía lo hacía.
