Abrió la bestia los ojos
y se dispuso a actuar.
Tras su conciencia dormida,
avistó la libertad.
De su yugo ya oxidado,
se deshizo con arrojo.
Luchando por su destino
como soldado de plomo.
Entre vítores y aplausos,
que vibraban in crescendo,
llegó la bestia abatida
llegó la bestia rugiendo.
Vacilante el primer paso
le siguieron los demás,
sin corazas y sin hierros,
ya no miraron atrás.

