Ciertamente, es complicado hacer nueva política, pero con estos ejemplos y otros tantos parece que se está consiguiendo. Junto a estas formas de ganar posiciones no faltan los guardianes del la pureza en sus templos diciendo que eso es ir a rebufo del régimen; habrá quienes dirán que a la gente se la interpela con libros de Marx, cortejos o lenguajes que no conectan con las pasiones populares, siendo estas el motor último de las transformaciones sociales emancipatorias. Respetables estrategias políticas, pero lamentablemente improductivas. He comenzado este texto con cierta tristeza por lo dura que es la existencia en sí y lo insufrible que es cuando lo bueno que hay en ella es arrebatado por las minorías privilegiadas hasta conseguir que el dominio sea consenso. Es por ello que no podemos perder el tiempo en lo deseable, sino en el hacer y la lectura rigurosa de los ritmos y movimientos de aliados y enemigos. Nos jugamos tanto que el fracaso no es una opción; el éxito no está garantizado, pero dudar por nuestras pasiones personales seguirá retrasando el cambio y apuntalando a los poderosos. La realidad no espera, por eso tenemos que ganar.

Otro aspecto que me gustaría apuntar es la necesidad de concebir el conjunto de los cambios, las luchas, las victorias y las derrotas, como un proceso que no tienen fechas predeterminadas de comienzo, mucho menos de final; constituyen un proceso, o varios procesos, en los que la tensión no se corta, sino que se aprovecha en función de una clase social u otra, con la infinidad de particularidades espacio-temporales de cada territorio y cada generación, y donde los intelectuales orgánicos tienen esa imperiosa labor de generar un pensamiento que interpele y aglutine a la mayoría social de su campo de actuación. Es una cuestión, como decía Gramsci, de saber, pero también de comprender y sentir al elemento popular. Nuestros intelectuales, en sintonía con la organización política, son el combustible del tren de la vida, conducido y habitado por las gentes que ya no aguantan más bajo las mordazas, y cuya instrucción depende de los cuadros que se desviven por hacer del mundo un lugar habitable, más feliz, y sin esclavitud de ningún tipo.

Ha pasado un tiempo desde que la luz del faro que construyó la Rusia de 1917 se apagó, y hace no tanto que dicho faro fue derribado por quienes la fundieron. Las certezas del mundo socialista fueron borradas del imaginario; estamos a tiempo de escribir las nuestras para construir otro mundo con lo mejor que nos brindó el pasado y desterrando lo que lo lastró, y para que los enemigos de la libertad no vuelvan a apoderarse de la maquinaria y con ella apresar la libertad, la justicia y la existencia digna de los seres que habitamos la Tierra. Ya hemos visto lo que nos trae la barbarie, pero la gente necesita ser escuchada y vinculada a los procesos para salir del fango, necesitamos el ejército ciudadano para librar todas las batallas que surjan. La democracia, como leí a Paco Fernández Buey, es un proceso en construcción; con estrategia y voluntad, el camino será más transitable. Nunca en la historia del régimen del 78 el término ‘Podemos’ había cobrado tanta necesidad y sentido como ahora, sólo nos queda llenarlo de todas las personas que quieren romper las cadenas.

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