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La urgencia de la reivindicación; la necesidad de desnudar las emociones; la denuncia constante de los efectos de la provocación, la humillación, el silencio, la injusticia, la represión, la ignorancia y la miseria; el recuerdo del origen; la severidad de la palabra; el dolor del no-ser y la angustia del sacrificio por los pedazos de amor escondidos en la oscuridad de los deseos reprimidos; y, sobre todo, la presencia constante de la muerte en la huida, el exilio, el olvido, la anulación del yo, de un yo arcaico, casi pre-natal, sostenido por recuerdos sublimados de un femenino cargado de resistencia, frente a un masculino, cuya potencia se ha reducido a la nada, víctima de su propia soberbia. Todo esto constituyó el río del discurso de Abdelá Taia sobre su literatura en la presentación de su último libro, Infieles, en la Casa Árabe de Madrid, el pasado 11 de junio.

“En Marruecos no necesitamos matar al padre, porque ya está muerto. La dictadura de Hassán II se encargó de anular todo tipo de disidencia. Ahora, cada gesto cotidiano de las mujeres es un pequeño acto revolucionario. Porque son ellas las que lo sostienen todo, las que discuten, las que se enfrentan, las que dirigen la vida diaria, las únicas que gritan…” Por eso, tanto “Infieles“, como “Mi Marruecos” (2009) están dedicados a su madre, esa mujer transmisora de ternura, en un país en el que, como el propio autor afirma, “se tiene miedo al amor”, un país anclado en una sempiterna necesidad de supervivencia:

“Mi madre temía por mi cuerpo y por mi alma, por mi salvación: “Te parí, te eduqué, te hice crecer, te alimenté, te amé a mi manera, te enseñé a andar, a hablar, a comer: cuando caíste enfermo, siempre estuve a tu lado, te lo di todo… Y así es como me lo pagas… mi niño se va lejos de mí, sin compadecerse de su queridísima madre, sin contemplaciones, sin respeto, y ¿adónde?, con los infieles, a las tierras de esos que no creen en nada… es duro, es durísimo… ¡Oh, Dios mío!”

Lo confieso: a veces, escuchando sus argumentos, estuve a punto de dejarlo todo y aceptar el destino que me reservaba, a punto de caer en sus redes. En ciertas cosas, tenía toda la razón.

Lo que se le olvidaba es que me había llevado ella a la escuela, me había empujado a estudiar, me había abierto los ojos al mundo de la cultura, un mundo que ella no conocía y que la superaba, un mundo que fascinaba a su hijo, que pesaba más en su corazón que ella misma. La lucha era desigual…” (Mi Marruecos)

La madre es el vínculo con la tradición, el primer contacto físico del cariño, la protección frente al desorden exterior. Un aprendizaje en el afecto, al tiempo que una cadena que hay que romper. Taia comprende y expresa el dolor que supone la metáfora de todo su Marruecos despidiéndose de él en un viaje destino a Europa. Una Europa querida y odiada a partes iguales. Una antigua metrópoli aún poderosa que maneja los hilos de la cultura dominante expresada en una lengua extraña: “Odio el francés. Estoy obligado a expresarme en él, pero pienso en árabe”. La atracción por la libertad de pensamiento y la literatura occidental no hacen olvidar al joven marroquí sus orígenes, la esencia de una cultura soterrada por décadas de colonialismo; y regresa, una y otra vez, a esa madre, no castradora, no represiva, como podríamos pensar desde nuestra óptica europea (hace falta hacer un fuerte ejercicio de empatía para reconocer este hecho), sino transmisora de una cultura no escrita, de un valor y una resistencia, que el padre ha sido incapaz de comunicar, para, años más tarde, reflejar la tristeza y el dolor de su soledad en Infieles“. Porque esa madre es todas las mujeres, y ese hijo representa la continuación de su lucha. La madre, convertida en prostituta, sufre en sus carnes la incomprensión del mundo, cargando con su insatisfacción perpetua. El hijo quiere convertirse en su compañero, en su hermano. El baño del hammam le convertirá en hombre y los papeles se invertirán:

“A lo mejor tenía que ir yo solo esta vez al hamman. Solo y por última vez.
Soy mayor.
Diez años, es mayor, ¿no?
¿Qué opinas?
¿Quieres saber lo que sucedía dentro, con esos hombres, antes de llegar a casa a comer el cuscús?
¿Quieres entrar conmigo esta vez?
¿Te lo cuento todo?
¿Lo sabes ya todo de los hombres?
Lo dudo, mamá, lo dudo.
Déjame. Déjame ir solo. Todos los hombres se han ido. Han desaparecido de este mundo, de esta noche sin fronteras. Han dejado de existir aquí, para tí, para mí. Tiro la toalla, mamá.
Venga, vete, vuelve a casa. Duérmete. Olvídate. Y espérame. Volveré pronto, más fuerte, más listo. Dejaré de ser tu hijo. Seré tu hermano, tu hermano pequeño…

… Voy a entrar solo a ese hammam. Por primera vez. Voy a desnudarme. A quitármelo todo. Estaré desnudo. Desnudo. DESNUDO. Estaré solo y desnudo. En la sala de en medio me rascaré solo la espalda. Me ennegreceré solo el cuerpo con el jabón tradicional. Y esperaré que el Ángel sin religión venga a limpiarme, a insuflarme un nuevo soplo. A rebautizarme. Por última vez me quitaré la suciedad del cuerpo. La piel muerta. Los olores que te ponen mala desde hace un año. Las uñas me crecen demasiado deprisa. Sin champú me echaré agua muy caliente una y otra vez por la cabeza. No tendré miedo. Esconderé en lo más profundo de mí mismo los temblores. Los ahogaré. A partir de ahora resultaría indecente dejarme llevar por mis temores, por esas imágenes horribles que me vienen a la mente. Pronto me saldrán pelos en el cuerpo. Cortos. Y enseguida largos. Conozco el proceso. Sé lo rápido que va a ir todo. Los pelos nos adentrarán en una nueva etapa, una nueva era, mamá…

… Se acabó.
Tengo edad de ser un hombre.
Debo hablar. Negociar. Trapichear. Enredarlos. Engañarlos. Desviar su atención. Robarles. Mamársela, si llega el caso. O proponerles mi culo si hace falta. Esconder mi pureza, Dios mío. Callar nuestros lazos secretos. Quién eres, quién soy. Nuestro camino en la sombra. Nuestro proyecto. El viaje nocturno.
Voy a hacer todo eso, mamá.
A partir de ahora yo soy el hombre.
Tengo un sexo de hombre. Se revela. Avanza. Ya no tiene miedo.”

Y el hijo toma conciencia de sí mismo a través de la experiencia de la madre, a su vez transmitida por la suya, en un acto casi religioso, cuya grandiosidad radica en ese secreto fundamental: la sexualidad como instrumento de autoconocimiento y llave de libertad. Las palabras de la abuela a la madre son reveladoras: “Las mujeres son crueles. Lo sé. Demasiado bien lo sé. Nunca les he gustado. Les he ayudado tantas y tantas veces. Siempre me han dado la espalda, me han ninguneado, hasta me han insultado. No tiene importancia. Es así. Tú, tú serás libre. Estarás por encima de ellas. Serás como yo. Yo. Introductora. La Introductora. Maldita. Y siempre solicitada.” Y esa libertad, unida a la reivindicación de sí mismo, se traduce en conciencia política a su vez. El poder castrador, aquí, se concentra en en Gran Padre de la patria, Hassan II, que conduce a la muerte a los hombres en la empresa de ocupación del Sahara occidental, y que desgarra la esperanza en construir una sociedad más justa, más humana.

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