
Hans J. Massaquoi, “Testigo de Raza. Un negro en la Alemania nazi”.
En la foto de la portada del libro, un niño negro, con una esvástica sobre su pequeño jersey, es observado por sus compañeros, todos ellos blancos y rubios, en una fila marcial. La surrealista historia de Hans Massaquoi, nieto del primer embajador de la república de Liberia en la Alemania de Weimar, mitad alemán y mitad africano, y por ello testigo de primer orden de la política segregacionista y racista del Tercer Reich, muestra hasta qué punto el Estado puede manipular las conciencias de su población hasta hacer que sienta como propia la necesidad de unir su identidad nacional con la “pureza” étnica. A los ojos de un niño, el oropel y la grandilocuencia de la parafernalia nazi podían resultar tan atractivos, que el color de su piel no representaría problema alguno para llegar a formar parte de las juventudes hitlerianas.
La realidad le estalló en la cara obviamente, y, a duras penas, pudo sobrevivir a la masiva destrucción a la que condujo la suicida política del líder supremo. No obstante, sus problemas de marginación social no acabaron ahí, y, finalizada la guerra, pudo trasladarse a los Estados Unidos, donde, además de ser alistado para jugarse la vida en Corea, sufrió otro tipo de racismo, no legislado, pero si normalizado en una sociedad habituada al encasillamiento y jerarquización étnica.
El caso Massaquoinos muestra la diversidad de casos en los que las sociedades exteriorizan sus miedos, en una lógica destructiva hacia lo diferente, que parece hallarse sumida en lo más profundo del inconsciente colectivo. Y no se trata solo del origen étnico, sino de todo lo marginal considerado como “irracional”, o contrario a la norma regulada por el poder establecido. El racismo, como fenómeno social, expresado en formas de violencia, desprecio, intolerancia, humillación y explotación, se explica en la necesidad de defender los límites de un grupo dominante, y por ello se basa en la manipulación psicológica de un discurso justificador: organiza y fomenta “sentimientos” obsesivos, crea y clasifica estereotipos, y confiere distintas identidades a los “sujetos” del cuerpo social. Se centra en los afectos, lo que permite organizar una auténtica “comunidad” racista, en la que los lazos de imitación hacen que sus integrantes vean a los “otros” como objetos ajenos a su círculo, negándoles todo derecho de reacción. Este discurso puede tomar múltiples formas, pasando del lenguaje de la religión al de la ciencia, de la biología, la cultura o la historia.

Las rebeliones eran castigadas tan severamente que los cortes de manos y pies de los administradores coloniales belgas en el Congo parecen un juego de niños en comparación. En el fondo de todo esto se halla la necesidad de proveerse de mano de obra barata y sumisa. Es el capitalismo colonial, que años más tarde, tras la descolonización, en la segunda mitad del siglo XX, produciría efectos devastadores en las sociedades africanas: las guerras civiles de 1989 y 1999 en la misma Liberia, el genocidio de Ruanda de 1994. Es triste comprobar igualmente cómo tras estos hechos hay todo un discurso teórico: fue en la Universidad de Kigali donde se articularon las bases justificadoras del racismo de hutus contra tutsis, y desde donde se instigó a la población a que masacrara a su otra mitad, al igual que sucedió en la guerra de Bosnia, cuando se demonizó “intelectualmente” a la población musulmana, y más tarde a la albanesa durante el conflicto de Kosovo.
Es evidente que estas ideas están “racionalizadas” por intelectuales, y es sumamente importante preguntarse por la función que desempeñan las teorizaciones del racismo “culto”, cuyo origen moderno está en la antropología evolucionista de las “razas” biológicas, elaborada a fines del siglo XIX, y que contribuyó a crear el pensamiento de “progreso” superior de la civilización occidental sobre el resto de las culturas del planeta. El concepto “raza” se ha introducido de tal modo en el inconsciente colectivo, que aún perdura con fuerza a pesar de ya ha sido desestimado científicamente. Aún así, todavía tenemos que enfrentarnos a estudios pretendidamente “científicos” que intentan demostrar las diferencias “intelectuales” entre grupos étnicos: “The Bell Curve. Intelligence and ClassStructure in American Life”, de Charles Murray, doctor en Ciencias Sociales, era un estudio estadístico sobre pruebas de inteligencia aparecido en 1994, cuya tesis consistía en la simple premisa de que la pobreza era producto de la ignorancia, y que ésta era insuperable en determinados grupos étnicos como los afroamericanos, cuya herencia biológica determinaría su capacidad mental.
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