
Los negros representan el 12% de la población de Estados Unidos, pero componen el 50% de la población penitenciaria. Los asesinatos de afroamericanos por parte de la policía han generado disturbios en multitud de ocasiones, los últimos en Ferguson, Missouri, donde llegó a declararse el estado de emergencia y actuó la Guardia Nacional contra las revueltas de la población negra. ¿Cómo afrontar esta tragedia? Si atendemos a las sugerencias de los “expertos” de “The Bell Curve”, la solución está en la “disgénesis”, término que hace referencia al crecimiento desproporcionado de un grupo étnico sobre otro. Los sectores más conservadores defienden el fin de los programas de auxilio familiar y de las ayudas benéficas a los pobres, a fin de que disminuya su número. Esto recuerda a los métodos nazis de eugenesia, con el propósito claro de aniquilar a las “razas” inferiores.
En España el racismo se ceba en la inmigración, a la que, siguiendo el mismo esquema teórico, se relaciona casi automáticamente con la delincuencia. Antes de la crisis, uno de cada tres alumnos españoles se mostraba contrario a la inmigración. Los sucesivos gobiernos conservadores de Madrid fomentaban la concentración de niños inmigrantes en colegios públicos, sin planes para atender sus carencias educativas específicas. El Defensor del Pueblo emitió en 2003 un informe demoledor sobre esta circunstancia. La falsa idea de que venían a “robar” y a “quitar el puesto de trabajo” a los españoles estaba ampliamente difundida, y la ignorancia sobre su verdadera situación de explotación hacía que se les viese con recelo, y se les tratase de forma vejatoria en muchos casos. Bandas de skins cometían crímenes contra ellos arropándose en la sobada justificación de la defensa del nacionalismo, mientras desde el poder se restaba importancia a estos delitos frente a los considerados “terroristas”.

Los últimos atentados terroristas en Francia y Dinamarca no harán sino acrecentar la xenofobia contra el colectivo musulmán, y por extensión el resto de inmigración. Pero llueve sobre mojado. Las actitudes y violencia racistas venían siendo habituales desde hace mucho en la Europa “civilizada”. La muy democrática y estable Suecia vio como una oleada de racismo se cobraba decenas de víctimas en los 90, coincidiendo con la proliferación de grupos neonazis, que bajo el lema “limpiar Suecia de extranjeros”, cometieron agresiones contra todo aquel que tuviera la piel oscura. Los mismos extremistas que hace no mucho también clamaban en Alemania contra la política de asilo y recepción de emigrantes, y que en Francia apoyan las posturas abiertamente racistas del Frente Nacional de Marine Le Pen, con un control más exhaustivo de las fronteras, abandonando el sistema Schengen que permite la libre circulación de personas por todos los países de la UE. Desde hace unos años se viene estudiando la posibilidad de realizar “estadísticas étnicas”, una especie de censo de población, clasificada según su origen y características culturales. La medida, sugerida por el presidente Sarkozy en 2009, fue un escándalo, aunque en otros países ya existía algo similar: en Gran Bretaña el Instituto Estadístico Nacional contabiliza la población sobre bases étnicas, recopilando datos sobre la actitud religiosa, y en Italia el gobierno de Berlusconi impulsó un censo de población gitana bastante polémico. Sin duda, habrá que recordar que los censos de judíos facilitaron su fácil captura por parte de los nazis durante la ocupación.
Para concluir. El problema fundamental está en crear las condiciones de una sociedad más justa, con una distribución más equitativa de la riqueza. Las diferencias étnicas no se aprecian en un medio de igualdad. El jeque repleto de petrodólares que veranea en Marbella no tiene un origen distinto al del refugiado palestino o el “moro” que cruza el estrecho jugándose la vida. La única diferencia es económica. El resto son tópicos creados por mezquinos intereses, fomentados por las élites financieras y políticas, dueñas del mercado global. Los discursos nacionalistas acaban de cerrar el círculo de estos discursos xenófobos, al cubrir el espacio con fronteras ficticias que no hacen sino construir reinos de taifas en los que la pureza étnica y cultural no hace sino justificar la preeminencia de un sistema de jerarquía de clases. Esto puede sonar a discurso añejo, pero la realidad lo confirma. La educación vuelve a ser la solución. El racismo no es innato. Se construye. Al igual que la solidaridad, la igualdad y la justicia.
