
A pesar de que tiene un presidente negro, lo cierto es que sigue habiendo barrios estigmatizados, una mayor discriminación laboral. Un alto tanto por ciento todavía elevado de los y las trabajadoras peor remunerados siguen siendo afroamericanos o la gente de origen hispano. Ha habido pues grandes cambios pero no cambios profundos. Más vistosos que reales. Las estrellas de cine afroamericanas se siguen pudiendo contar con los dedos de una mano y dependiendo de la zona de EEUU se les ofrecen más o menos oportunidades. Para acceder a la carísima educación universitaria deben o proceder de familia muy acomodada o, lo más habitual, ser grandes deportistas. El profundo Sur donde Baldwin ambientó algunas de sus novelas no es tan diferente en sus raíces del que existe en estos tiempos de temor y recesión.

Criado en las calles de Harlem, pequeño, frágil, con ojos saltones, comenzó a escribir mientras trabajaba en el Greenwich Village como botones, lavaplatos o camarero, por lo que sufrió en primera persona los efectos de la segregación. Hay poco y, en general, mal traducido de este escritor que escribía con las tripas, dejándose la piel en sus personajes que traspasando la autobiografía se situaban entre la gran literatura estadounidense con dimensiones de fresco social, épica y denuncia social. Pero el retrato humanista está presente en todas sus creaciones, dramatúrgicas, novelísticas o ensayísticas. Un autor que paso de ser un novelista hábil a un hombre de letras comprometido con su tiempo que dejó su pueblo para irse a la ciudad, como tantos otros, a buscar una oportunidad donde encontró círculos literarios y hermanos de raza pero también formas mas sofisticadas de racismo y homofobia vigentes en la década donde sitúa sus obras más importantes. En 1948, mientras denunciaba la discriminación racial que se producía en EE.UU. se marchó a vivir a París, para, según dijo, “averiguar quién era, no lo que era”, en un ambiente de mayor libertad.
Algunos de sus trabajos como la pieza dramática “Blues para Mister Charlie” o “Blues de la calle Beale” han sido llevadas al cine. Aunque sus obras narrativas mas respetadas siguen siendo “Ven y dilo en la montaña” u “Otro país” donde muestra el desamparo de los negros de los barrios bajos sometidos a la presión policial, la desconfianza y el estigma social. A lo que se une la descripción de una lucha todavía ardua por ser aceptados como gays o lesbianas (y ahí tenemos el testimonio de AudreLorde) dentro de los movimientos de clase o raza. La amenaza de ser recluidos en guetos más pobres, la mas temible de la cárcel o el linchamiento siguen en la memoria herida pero llena de vitalidad de las historias de uno de los novelistas, sino mejores, mas sinceros e intensos del siglo XX. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos ordenó el fin de la segregación racial en las escuelas (comenzando el movimiento por los derechos civiles), lo que motivó a Baldwin la decisión de regresar a su país: “No podía quedarme sentado en París arreglándome las uñas y hablando de Little Rock”, comentó, refiriéndose al envío a Arkansas de tropas federales para forzar la convivencia entre blancos y negros. Su novela “Another Country” (1962) fue un llamamiento para un mayor entendimiento interracial, y su ensayo “TheFireNext Time” (1963) ya preveía los desórdenes raciales que se prolongarían toda la década de los sesenta.
Su paso de la identidad individual (en una sociedad individualista) a la “toma de conciencia colectiva” aparece documentada no solo en sus libros sino también en diversas entrevistas, intervenciones políticas y denuncias, tímidas pero certeras, del machismo y la homofobia en todas las clases, razas o religiones. No es cuestión de sumar opresiones sino de cuestionar la normalidad y su artificiosidad y el concepto mismo de “minoría” a través del tiempo.
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